Profecía
Usted dijo una tarde, en medio de un terrible ruido en la cocina, que los gusanos se estaban devorando el árbol de aguacates. Yo le pregunté si los gusanos se volverían mariposas. Usted me dijo que no. Se arrepintió y se dijo en voz alta, sin la intención de responderme, que no tenía certeza que serían mariposas o que solo fueran feos gusanos cafés. Usted me miró con compasión y decepción; me ofendí.
Yo misma los vi, feos gusanos cafés, sí. El árbol parecía estar atravesando algún tipo de fenómeno físico relativo a la materia, de esos que estudian los físicos. El árbol hacía un esfuerzo por mutar de forma (o le estaban obligando), por dejar de ser árbol, se movía todo su contorno, estaba en medio de un temblor atómico. En ocasiones algún gusano se desprendía de la gran masa de gusanos -ésta cubría por completo el tronco y ascendía empezando a colorear de café las ramas más altas-, entonces, el gusano caía al suelo y se retorcía sobre la tierra siena tostada. No sé si los gusanos sienten dolor cuando caen.
Una noche me despertaron los gusanos. Hacen mucho ruido en la noche, son escandolosos, sus cuerpos en movimiento suenan como morder el agua, o algo muy humedo. Los gusanos no duermen. Mordieron por muchos días el agua. Algunas noches salía y los oía en el patio y me aterrorizaba hacerme muy cerca al árbol porque uno de ellos iría por mí, subiría por pies desnudos y entonces, caería enferma, enferma de mi forma, de mi naturaleza, y ¿cómo abandono mis piernas? ¿cómo aprendo a moverme? ¿en qué mutaría?
La noche que no logré ir por leña porque llovió de manera terrible y no había luz porque unos árboles cayeron sobre los cables, sí, esa noche en que usted encontró varias lámparas de petróleo en el cuarto viejo. Esa misma noche encontré los círculos de gusanos. Me senté en la terraza y me quedé viendo hacia el suelo; el árbol de aguacates vibraba en el fondo, vi que algo se movió, pensé que era un ratón, de esos que llaman musarañas y tienen una voz muy aguda. Pero era un movimiento extraño, una vibración que parecía rodar por el espacio. Cuando me acerqué e iluminé bien el suelo, logré ver un círculo, una pelota de gusanos. Los gusanos estaban entrelazados, enredados entre sí, una masa, formaban una pelota y rodaban por el césped. Sentí miedo.
No dormí por los mordiscos acuáticos y por pensar en las pelotas veloces de gusanos. En la mañana lo mencioné y usted salió a cazar gusanos, pero primero me preguntó porqué yo los llamaba círculos de gusanos y yo le dije que era por la luz de la noche. La luz caía en el centro y se veía plano, como un círculo negro dibujado en el césped. Por supuesto, usted soltó una carcajada mientras repetía que iría a buscar círculos, mirar círculos, repetía “círculos, círculos, círculos. Soy un cazador de círculos”. Su cacería consistió en encontrar las pelotas de gusanos, ponerlas sobre un pala y llevarlas de regreso al árbol de aguacates. Al final del día había 17 pelotas de gusanos, imposibles de deshacer -por siempre pelotas, nunca más simples gusanos- sobre la tierra siena tostada alrededor del árbol de aguacates.
Algunos días después usted estaba haciendo sus maletas para regresar, me advirtió sobre “controlar los agujeros negros”,ahora usted llamaba así a las pelotas de gusanos. Yo debía controlar los agujeros negros, ya no eran 17, eran 32. 32 agujeros negros que nacían en un árbol de aguacates que estaba mutando, vibrando. Varias mañanas consistieron en buscar agujeros negros por el patio, los agujeros gustan de moverse en la noche cuando no logran verse muy bien. También estuve leyendo sobre gusanos, mariposas, agujeros negros, plagas, comí guayabas rosadas y sufrí un insomnio atroz. Aprendí que el morder acuático, el sonido que nace del cuerpo de los gusanos, es rítmico, musicalmente hablando, y está relacionado con asuntos electromagnéticos. Una tarde me caí caminando y me provoqué un hematoma que ocupaba todo un costado de mis costillas. En un momento el hematoma se tornó café-gusano y pensé que había sido poseída, que tenía un agujero devorador en mi cuerpo.
Hubo un día que marcó el inicio de la temporada de lluvias, los agujeros se hicieron incontrolables y sentí como un castigo divino cuando encontré gusanos sobre la Gulupa y la Mora. Los arbustos de mora estaban vibrando, mutando. Era el fin del mundo y yo insistía en cocinar papas con vegetales en las noches. En varias llamadas le dije que yo no podía hacer nada ante “el inexorable fin del mundo”, le dije que cazar agujeros era insuficiente porque los agujeros se alimentaban de agua, de la lluvia, y esta era la tierra de la lluvia, usted se reía; en una de esas llamadas después de su carcajada me dijo “tiene que advertirle a los vecinos sobre el dichoso fin del mundo, para que ellos puedan proteger sus cultivos” yo le respondí que me faltaba mucho para ser Noé, además, era vano querer proteger algo del fin del mundo; su carcajada fue aún más fuerte. Yo hablaba con absoluta seriedad.
Comprando unas bombillas en el pueblo una mujer me escogió, a mí, entre toda una multitud en la plaza central, para ofrecerme servicios exequiales, me aseguró la importancia de poseer un “seguro de muerte” para mí y los míos. La mujer me enseñó fotografías de ataudes de varios tamaños y maderas, también, una serie de ramos de flores y coronas funerarias, su empresa contaba con numerosos tipos de flores: girasoles, rosas, claveles, hortensias, lirios. Por supuesto, tenían lápidas, una infinita variedad con diferentes caligrafías en dorado, cobre o plata, ornamentos como querubines, angelitos panzones con alas de águila y corazones pop entre sus manitas regordetas, diferentes tipos de marcos por si querían poner una fotografía mía, y exisitía, dijo ella, la posibilidad de agregar más detalles, para “una muerte más bonita y personalizada”, yo le dije que me parecía hermoso porque los entierros son un culto a la individualidad, ella se enfurruñó y se fue.
Cuando regresaba con bombillas, pensando en rituales mortuorios grupales, masificados, porque era el fin del mundo, y en hortensias; vi un agujero, una pelota de gusanos al costado del camino, vibrando. Me horroricé. Llegué a casa, mientras ponía las bomillas ensayaba mi plática apocalíptica con mis vecinos “Buenos días, señor Segundo, fíjese usted, hay una plaga, como las de Egipto, -¿se acuerda usted de la biblia, de Moisés?–, que inició en mi casa y se está devorando mi huerta, se alimenta de agua y forma círculos, pelotas para moverse más rápido y abarcar más distancia con el fin de poder devorarlo todo. Sí, sí señor, es el fin del mundo”. No puedo decir que es el fin del mundo. “El árbol de aguacates está dejando de ser árbol, no sé en qué se convertirá y además, le nacen agujeros negros que van y consumen otras formas de vida, pero no se preocupe, Don Segundo, hasta el momento solo devora formas de vida vegetales”. Tampoco debía decir eso.
Al finalizar con las bombillas, decidí decir que tenía gusanos y necesitaba sacarlos y para eso quería que me dieran una de esas recetas de ají con ajo que se pone en los cultivos para espantar insectos y bichos “Buenas tardes, Don Segundo, fíjese que tengo unos gusanos, quiero ponerles ese líquido de yerbas que ustedes hacen para que se vayan. ¿puede usted darme la receta?” Consideré lo ridículo que sería poner ají y ajo a los millones de gusanos, a los agujeros devoradores. Además, Don segundo podría darme la receta y yo simplemente saldría con un papel arrugado entre las manos sin advertirle sobre el fin mundo. Solo debía pedir ayuda con los gusanos.
Don segundo me escuchó, regresé. Al siguiente día apareció Don Segundo en la casa con un montón de frascos sobre Chirimoyo, su burro. Fue y observó el espectro de árbol y me dijo “se le murió el palito de aguacate, se lo comieron todito y se le van a comer todo eso que sembró, esos gusanos son como el diablo, un mal espíritu. Son malignos, malignos, y se riegan rapidito”. Lo llamé y usted estaba en la oficina un poco atareado pero yo debía comentarle sobre el mal espíritu que devora cosas, sobre la plaga, y darle la razón acerca de que no eran mariposas y hacer énfasis en “malignos, malignos”.
Una noche de mucha lluvia logré dormir de forma profunda. Me desperté a las 10 de la mañana por el ruido de algo quemándose. Me puse de pie y Chirimoyo estaba en el patio comiéndose unas flores color rosa que también yo a veces comía. Al frente estaban mis vecinos, incluido Don Segundo, lanzaban ramas a una hoguera inmensa que habían hecho rodeando el espectro de árbol, estaban sin camisa porque se cubrían el rostro con ellas, levantaban los machetes para partir ramas, el fuego ascendía y tuve la impresión de que el cielo cambiaba de color. Don Segundo se acercó trotando y me dijo “mire al Chirimoyo… comiéndosele el jardincito” mientras le daba un par de palmadas para espantarlo, y luego dijo, mientras me miraba con sus ojos verdes, rodeados de líneas de expresión ahora más notorias por el hollín “Señorita, a las plagas, al mal, hay que prenderles fuego, échele fuego a todos los gusanos, yo le dejo gasolina para que prenda esos arbustos de mora, yo sé que usted puede”.